Prueba del Scania L 280: Ciudadano con pedigrí

Ponerse al volante de un Scania serie L implica un tipo de conducción diferenciada.

Por Silvio Pinto.- Ponerse al volante de un Scania serie L implica un tipo de conducción diferenciada. Para comenzar, el reposicionamiento de la cabina por delante del eje delantero supone que, en los entornos urbanos, que es en los que desarrollará mayoritariamente su actividad este vehículo, pasaremos suspendidos por encima de las aceras en más de una ocasión, sin que las ruedas rocen siquiera el bordillo, al más puro estilo de autobús-urbano.

Esta posición adelantada de la cabina se nota también cuando la suspensión es sometida a trabajo, especialmente en carretera, pues la sensación de flotabilidad es superior a su igual de la serie P, en la que el conductor ocupa la tradicional posición sobre el propio eje directriz. Nuestro nuevo amigo transmite sensaciones próximas a un autocar, pero con un cuadro de instrumentos muy superior a lo que suele ser habitual en este tipo de vehículos.

Hemos mencionado diferencias en materia de suspensión y en conducción urbana. Estas singularidades se pierden si tomamos como referencia nuestro entorno de trabajo ya en carretera abierta, alejados de maniobras metropolitanas. En estas circunstancias parece que estuviéramos a los mandos de cualquier camión Scania de las series G o R. No en vano, no solo comparte cuadro de instrumentos, también repite retrovisores, Opticruise, automatismos de control de velocidad y de freno.

Y cualquiera de sus mandos y software lo podemos encontrar en las versiones top de sus mayores, a excepción del Active Prediction, que, si bien es posible incorporarlo, en nuestra unidad de carácter claramente urbano no tendría demasiada funcionalidad…

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