Empleo sí, de calidad. Por Ramón Valdivia, director general de Astic

Hace pocas semanas desayunábamos con un titular esperanzador acerca del sector al que pertenezco: el transporte terrestre figura entre los cuatro mayores empleadores del país. Acostumbrados a ser objeto de injustos dardos mediáticos, que demonizan el sector por razones de siniestralidad, congestión, contaminación medioambiental o explotación laboral, entre otras, pues es una grata alegría.

Según la última EPA del INE, el transporte generó 54.200 puestos en el último año, con lo que el sector ya da trabajo a cerca de 634.000 personas, casi un 10% más que el pasado ejercicio, esto es, a un ritmo tres veces más rápido que todo el mercado laboral. Pero echemos el freno para pensar unos segundos: ¿Qué calidad de empleo queremos crear? ¿El precario que requieren las plataformas de comercio electrónico que pretenden que haya una base de  transportistas desestructurada?

Cuando lo digital llega al mundo físico, se evidencia la brecha entre los que invierten en empleados y recursos propios y los que simplemente subcontratan y “coordinan” los ajenos esquivando los costes fijos que ello supone. Personalmente prefiero el empleo de calidad, el que sostiene las arcas de la Seguridad Social y el que llevan durante décadas generando las grandes y medianas empresas de transporte por carretera. No basta con crear empleo a toda costa. Las prisas y la voracidad de muchas plataformas, de la mal llamada economía colaborativa, fomentan la precarización laboral y el auto empleo y amenazan con dinamitar los cimientos que hemos asentado durante mucho tiempo.

Basta rebobinar hasta el año 2013 para encontrar un excelente plan para potenciar el sector del transporte y la logística frente al modelo económico del ladrillo, pero que desgraciadamente se quedó en agua de borrajas: la Estrategia Logística de España. A través de 18 actuaciones prioritarias y dotado de un presupuesto de 8.000 millones  de euros, el Ministerio de Fomento, liderado entonces por Ana Pastor, pretendía aumentar la competitividad de la industria y de la economía española en su conjunto, a través del desarrollo de una red intermodal, de situar a España en el mapa mundial como centro de mercancías, así como de reducir los costes logísticos.

Pero todas estas buenas intenciones se quedaron en papel mojado, y fue una lástima porque se tiró por la ventanilla una oportunidad de oro para generar mucho más empleo. A riesgo de resultar pesado, insistiré una vez más al Gobierno español la necesidad de crear un Ministerio propio de Transporte, que nos visibilice de una vez como sector estratégico de la economía del país, por su contribución a la vertebración social y territorial. Sin duda, daría un empujón de órdago a España para colocarlo como hub logístico entre los principales continentes.

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